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Las primeras veces de todo

Después de nueve meses dentro de un espacio cerrado, oscuro y compacto, descubrimos un mundo lleno de colores y sensaciones a
nuestros pies. En realidad ese proceso de descubrimiento inició antes de nacer, estando dentro del vientre materno. Aunque de forma
limitada, empezamos a aprender y obtener experiencias previo a nuestro nacimiento. Recuerdo durante la estimulación prenatal cómo
Isabel seguía la ruta trazada por un foco que sosteníamos iluminando ciertos puntos de mi vientre. Era la primera vez que apreciaba luz.
Después de un tiempo noté que esto ya no le llamaba la atención. Ella dejó de seguir ese círculo brillante, como si me diera a entender que ya no había nada nuevo que aprender a partir del mismo. Ciertamente el aprendizaje se torna más activo una vez salimos fuera, puesto que hay mucho más por explorar y descubrir. Es increíble lo maravilloso y nuevo que nos resulta el mundo apenas nacemos. Pero el mundo resulta interesante no solo para esa nueva vida, sino también para los que le acompañan en su travesía de descubrimiento. Al hablar de interesante me refiero a
las experiencias compartidas con un bebé sano, que es el caso de mi pequeña Isabel, gracias a Dios. En otras condiciones el ángulo de visión cambia radicalmente.

El día de hoy decidí escribir acerca de lo maravilloso que es ver la primera vez que un bebé va conociendo y aprendiendo acerca de todo
lo que hay alrededor; así como las capacidades que va adquiriendo a medida que se desarrolla su cuerpecito. Probablemente la fascinación
que tenemos los padres acerca de este tema surge del hecho de que nosotros mismos no recordamos estos eventos.

La primera sonrisa.
Me refiero a la primera sonrisa “de verdad”, no una sonrisa de reflejo, de esas que ocurren al principio de la vida y que son involuntarias. Isabel sonrió como reacción a un evento que le llamó la atención poco antes de cumplir los dos meses. Estaba acostada en el “gimnasio” (¿porqué le llamarán así?) y de repente al verme me mostró esa encía lisa, bordeada por unos labios arqueados. Tenía la cámara a mano, así que logré tomarle una foto. Sería la primera de muchas sonrisas a lo largo de estos primeros meses de vida.

Su primera Misa.
La presentamos en la iglesia pasados los cuarenta días.Nos demoramos un mundo solamente arreglando la maleta, asegurándonos que estuviera abrigada lo suficiente, agregando ropita adicional, y trazando interrogantes que surgían a cada minuto. Fue una experiencia enternecedora, ver cómo todos veían a esa nueva vida empezar su caminar como parte de una comunidad.

La primera salida
No demoramos mucho en sacarla a pasear, aparte de las citas médicas y la presentación. Una vez tuvo su primera dosis de vacunas salimos a pasear, con mucho cuidado por supuesto. Tenía ya dos meses de vida. Tuvimos mucho cuidado de llevarla lo suficientemente abrigada, ya que a esa edad no regulan bien la temperatura, y el clima estaba algo lluvioso.

La primera risa.
Honestamente no tengo la fecha exacta de cuándo ocurrió su primera risa. Pero sí recuerdo que fue a raíz de que le hice cosquillas en su pancita.

La primera vuelta.
Tendría unos dos meses cuando dio la vuelta de abajo hacia arriba. Al principio el movimiento resultaba un poco rígido. Pero cuando se dio cuenta de que la mecánica era bien sencilla, la acción se volvió rutinaria. Luego vino la vuelta de arriba hacia abajo. Esa demoró un poco más en aparecer.

La primera vez que gateó.
Estaba llegando a los siete meses cuando por fin logró avanzar. Llevaba cerca de un mes haciendo intentos de impulso, hasta que por fin logró mover las piernecitas y avanzar. Y empezaron nuestras preocupaciones, tratando de tener todo lo más libre de objetos que pudieran lastimarle.

La primera vez que se puso de pie.
Después de empezar a gatear, no demoró mucho en querer levantarse. Primero alzaba una sola pierna, de rodillas. Finalmente logró levantarse a los siete meses. Y de ahí empezó a avanzar agarrada del borde de la cuna, el corral, e inclusive de la persona que la estuviera sosteniendo.

Su primer diente.
Esto sí llegó tarde. No hubo dientes hasta el noveno mes. Entonces la abuela paterna notó una ligera diferencia en la encía. Y repartimos arroz con leche. A casi un año de vida solamente tiene ese par de dientecitos.

Sus primeros pasitos.
A los once meses logró avanzar por su cuenta. Ya tiene más confianza, y se mantiene más en pie en comparación con lo que gatea.

Qué increíble y asombroso es el mundo a esa edad. Es una pena que no mantengamos esa alegría y curiosidad durante toda la vida. Tenemos mucho que aprender de los bebés. Irónicamente, ellos, quienes conocen poco acerca de estar vivos, nos dan grandes lecciones acerca de vivir plenamente.

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